San Pugliese, el protector de los músicos

Ayer 2 de diciembre la comunidad de la música argentina conmemoró a San Pugliese, en recuerdo del Maestro Osvaldo Pedro Pugliese, pianista, director y compositor de tangos, que naciera un día como hoy de 1905 en el porteño barrio de Villa Crespo.

En el ambiente artístico, entre miles de artistasconsiderados yetas, sólo se reconoce unánimente a un Santo: Osvaldo Pugliese.

Él es toda una salvaguarda para los artistas, y todavía en vida, era considerado un amuleto de buena suerte y él lo sabía: se llamaba a sí mismo «La Medallita del pueblo»… y no hay camarín que no tenga una foto de San Pugliese.

Hay muchos relatos de pequeños milagros que se le adjudican: que vuelva la luz en medio de un apagón en pleno concierto, que aparezca un instrumento perdido con sólo pronunciar el nombre del santo, o que se solucionen problemas informáticos (el técnico en grabación Sergio Paoletti afirma que cuando una máquina de su estudio se colgó y amenazó formatear todo el material, lo solucionó renombrando todos los archivos como Pugliese).

Hay que pronunciar el nombre del santo antes de empezar un espectáculo, en vez del vulgar merde, merde, merde… decir: PUGLIESE, PUGLIESE, PUGLIESE.

La génesis del santo

Se dice que a fines de 1995 (él falleció el 25 de julio de ese año) antes de un Recital de Charly García se habían producido una seguidilla de problemas al filo del show, que complicaban el sonido. Eso hasta que probaron el equipo con un disco del Maestro Pugliese y … ¡Santo Remedio!
Hay una estampita que comenzó a circular en 2001, en el Festival Buenos Aires Tango, como una simple acción (¿poética? ¿religiosa?). Esa que decía «San Pugliese – Protector de los músicos» y mostraba su imagen junto a un clavel rojo, para evocar el gesto de colocar esa flor sobre el piano cada vez que Osvaldo no podía tocar porque estaba preso por sus ideas políticas (pero su orquesta sí lo hacía, con la flor sobre el teclado).

FUENTES:
Tango en Neuquén en Instagram @tangoenneuquen
La Nación, artículo de Mauro Apicella publicado el 25 de julio de 2020