Cátulo Castillo

A Ovidio Cátulo González Castillo se lo reconoce como “el poeta del tango”. Fue un gran letrista y compositor que escribió, entre otros clásicos, «Organito de la tarde», «El aguacero», «Tinta Roja», «Caserón de tejas» y «María». Nació el 6 de agosto de 1906 en Buenos Aires. Su padre anarquista quiso inscribirlo en el Registro Civil como Descanso Dominical González Castillo pero, ante la negativa del organismo, quedó registrado con el nombre que pasaría a la historia. Pasó parte de su infancia en Chile, exiliado junto a su familia por cuestiones políticas. Regresaron al país cuando Hipólito Yrigoyen asumió la presidencia.
También fue periodista, escribió teatro y presidió la SADAIC (Sociedad Argentina de Autores, Intérpretes y Compositores) y la Comisión Nacional de Cultura. Un gran estudioso, durante la década del treinta obtuvo una de las cátedras del Conservatorio Municipal Manuel de Falla, llegando a ser su director en el año 1950, hasta jubilarse del cargo.
Amante de los animales, llegó a tener 95 perros, 19 gatos y dos corderitos, a los que les puso por nombres Juan y Domingo. Fue el fundador del Movimiento Argentino de Protección Animal (MAPA).

Niño prodigio

A los ocho años ya mostraba pasión por la música aprendiendo solfeo, teoría y violín. Más tarde comenzó a estudiar piano y composición. A la par se dedicó a la práctica del boxeo (fue Campeón Argentino de Peso Pluma), y llegó a ser preseleccionado para los juegos Olímpicos de 1924 a realizarse en la ciudad de Amsterdam.
“Organito de la tarde” fue su primer tango premiado en el concurso de «Disco Doble Nacional» organizado por Max Glucksman. Fue su padre quien le escribió la letra.
En 1927 viajó a España junto con una orquesta integrada por: Ricardo Malerba y Miguel Caló en bandoneones, Alfredo Malerba en piano, Carlos Malerba y Estanislao Savarese en violines, Roberto Maida en voz y él como pianista y director. Entre su repertorio estaban: «Caminito del taller», «Acuarelita de arrabal», «Silbando», «El Aguacero» e «Invocación al tango». Debido al gran éxito que tuvieron, la gira se prolongó por más de dos años.
En el año 1935 comenzó a dedicarse a la creación poética y empezó a trabajar con músicos que tuviesen orquesta contribuyendo a la composición de la letra. Colaboró con Aníbal Troilo, en: «María», «La última curda», «La cantina», «A Homero», «Y a mi qué», «Una canción» y «Desencuentro».
En su intachable lista de tangos de su creación se destacan: «Dinero, Dinero» (en conjunto con Enrique Delfino), «Te llaman violín» (junto a Elvino Vardano), «La Madrugada» (en colaboración con Angel Maffia), «Un hombre silba» (con música de Sebastián Piana), «Para qué te quiero tanto» (en compañia de Juan Lorenza), «Papel Picado» y «Tango sin letra», entre otros.
En 1974 fue designado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires y, en agradecimiento, Cátulo relató la siguiente fábula: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? -inquiría Cátulo- he aquí una pregunta clave”.
Falleció a los 69 años, el 19 de octubre de 1975.

«Fue un poeta lleno de metáforas»


Por Marcelo Simón, periodista y locutor de radio.



“Hijo de anarquistas, él mismo profesaba un pensamiento libertario como se decía hace muchos años. Fue un gran poeta, una voz dulce, si se puede decir este esta manera porque lo era claramente, y con una fuerte idea aprehensión de la libertad. Era hijo de un libertario, como se le llamaba hace muchos años en América del Sur a los anarquistas. Un poeta lleno de metáforas, pero metáforas largas, no hacía restallar el idioma, lo manejaba con una enorme dulzura y con una sapiencia absoluta. Recuerdo mucho -porque tuve la suerte de haberlo tratado, de haberle escrito libretos- que Aníbal Troilo, que Pichuco tenía una gran admiración por Cátulo, quien llenó un capítulo largo y profundo de la literatura que se canta en nuestra tierra, la Argentina y el Uruguay. Fue un creador notable, poderoso y muy dulce. Me da gusto poder recordar a un gran creador, admirado, insisto, por Pichuco Troilo. Recuerdo una noche de cabaret en la ciudad de Córdoba en la hablé mucho con Troilo sobre Cátulo, este notable animador cultural. Un grande.

«Cátulo Castillo, Semblanza»


Por Ricardo Salton, periodista y crítico de música.



En el tango se produjo un milagro del que pocos géneros del mundo pueden jactarse. O quizá no se trató de cuestiones místicas sino sencillamente de la suma de circunstancias históricas y sociales, talentos individuales y peleas culturales bien planteadas y, sin dudas, bien ganadas. Lo concreto es que de esa combinación de negros y gringos, de criollos y tanos, de alemanes y españoles, nació una música-danza-poesía que pudo ser, a la vez, inmensamente popular y profundamente artística.
Pensar en la historia del tango, más allá de otros análisis, es pensar en esos talentos personales, en nombres que pusieron su firma a las melodías y a las letras. Y entre esos creadores geniales está, por supuesto, el de Ovidio Cátulo González Castillo, que se hizo eterno con su segundo nombre y con el apellido de su abuela paterna.
Hijo de otro reconocido artista ligado al tango, compartió con su padre José González Castillo la autoría de “Organito de la tarde”, “El aguacero” o “Acuarelita del arrabal”, entre otras. Pero su obra se extendió más allá del género. Fue campeón argentino de boxeo peso pluma, periodista, gestor cultural, personaje perseguido por la Dictadura del ’55, guionista de radio y televisión, presidente y secretario de SADAIC, respetadísimo y muy recordado docente del Conservatorio Municipal Manuel de Falla de Buenos Aires y, más que nadie, merecido Ciudadano Ilustre de su ciudad natal.
Sin embargo, este porteño del barrio de Boedo logró su fama mundial y una trascendencia que se sostiene inalterable a más de 45 años de su muerte por sus obras como director de orquesta, como compositor y, sobre todo, como letrista de tangos, valses y milongas.
“Café de los angelitos” con José Razzano; “Tinta roja”, “La cantina”, “Silbando” y “Caserón de tejas” con Sebastián Piana; “El último café” con Héctor “Chupita” Stamponi; “La calesita” y “Patio de la morocha” con Mariano Mores; o “María”, “La última curda”, “Una canción”, “Patio mío”, “Milonga del mayoral”, “Desencuentro” y “A Homero” con su gran compinche Aníbal Troilo. Esos son apenas algunos de los títulos que Cátulo –en el tango, basta con mencionar ese nombre para saber de quién estamos hablando- nos legó para que sigamos escuchándolos, en las voces y los músicos del pasado y en los del presente, en los discos y en los escenarios. Por siempre.

FUENTE: todotango.com y APU.